viernes, 26 de febrero de 2016

La fiebre del oro de California

California, 24 de enero de 1848. Un día como cualquier otro si no fuera porque un humilde carpintero estaba a punto de cambiar, sin saberlo, el rumbo de la historia. Su nombre era James Marshall. Un hombre normal y corriente que intentaba ganarse la vida en tiempos del Viejo Oeste. Nuestro protagonista se encontraba cerca del pueblo de Coloma, trabajando en la construcción de un molino a orillas del Río Americano. De repente algo atrapó su atención. En el lecho del curso de agua vislumbró unas pequeñas virutas de aspecto brillante. Rápidamente tomó un puñado y fue corriendo a casa de John Sutter, el terrateniente que le había encomendado el trabajo. Sutter, que había emigrado desde Suiza en busca de mejor fortuna, no daba crédito a lo que tenía ante sus ojos: nada más y nada menos que un puñado de relucientes pepitas de oro

En un principio acordaron mantener el descubrimiento en secreto. Lo último que le interesaba a Sutter era que su tierra se llenase de molestos cazatesoros. Sin embargo, el suceso no pasó desapercibido y pronto la noticia corrió como la pólvora. Aunque por aquel entonces California era todavía un territorio bastante desconocido, nada impidió que en pocos días la noticia llegara a ciudades importantes. Muchos hombres de toda clase y condición, atraídos por la oportunidad de hacerse ricos, se apresuraron en ser los primeros en llegar a la zona. Dejaron atrás sus trabajos, sus hogares y hasta su familia, recorrieron miles de kilómetros y en ocasiones arriesgaron hasta la vida misma. Todo con un único propósito: buscar el preciado metal dorado. Para 1849 se contaban ya por miles los hombres que escudriñaban cada palmo de los ríos auríferos de California. Más tarde a estos pioneros se les conocería como los Forty-Niners (los cuarentainueves). Había comenzado la fiebre del oro y ya no había vuelta atrás. 

Resulta reseñable que los primeros que acudieron a la llamada del oro no tenían ni la más mínima noción de minería. La mayoría tuvo de hecho que aprender sobre la marcha los rudimentos de la criba para separar la grava y la arena del metal más pesado. Aun así encontrar oro era muy sencillo. Con una simple batea era posible ganar miles de dólares en una sola jornada (mucho más de lo que era el sueldo medio de un ciudadano estadounidense en aquella época). Poco a poco las técnicas se fueron perfeccionando y haciendo más sofisticadas. Empezaron a emplearse dragas hidráulicas capaces de procesar toneladas de tierra en poco tiempo. Otros en cambio prefirieron abandonar los ríos y empezaron a explotar las vetas de cuarzo ricas en oro, sirviéndose de dinamita para excavar en la dura roca. En total se estima que para finales de 1855 se extrajeron cerca de 13 millones de onzas de oro o, lo que es lo mismo, casi 400 toneladas.

La fiebre del oro marcó la historia de Estados Unidos y forjó el destino de miles de personas llegadas de todos los rincones del planeta. Pequeños pueblos como Los Ángeles o San Francisco prosperaron y se convirtieron en las grandes megaurbes que son en la actualidad. Se tendieron modernas vías de comunicación y transporte, se extendió la agricultura y se instauraron los cimientos de una potente industria. A California se la conoce hoy en día como el Golden State (el Estado Dorado), la tierra donde empezó a fraguarse el concepto del sueño americano, donde cualquiera puede prosperar si trabaja duro. Sin embargo, no todo el mundo se hizo rico en el Oeste. El propio Sutter, el hombre del molino, acabó arruinado. Muchos otros corrieron peor suerte y sucumbieron a la fatiga y a las enfermedades. Los nativos fueron masacrados y miles de hectáreas fueron arrasadas merced de la codicia humana por la riqueza. 

Fue un acontecimiento histórico de repercusión mundial, y aunque ya no desembarcan oleadas de inmigrantes en las costas californianas, todavía hay gente que sigue probando suerte. A todo lo largo y ancho del Estado proliferan clubs de bateadores de oro y personas que compran pequeñas concesiones de tierra con la esperanza de encontrar la pepita que les haga millonarios. Es cierto que la fiebre del oro acabó hace mucho tiempo. Pero en nuestra imaginación aún resuena el romanticismo de aquellos intrépidos buscadores de sueños.

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