El dinero se define como el medio de pago legalmente aceptado en los intercambios comerciales. Es una unidad de cuenta, portable, divisible e intercambiable que además sirve como depósito de valor. La definición parece clara. Sin embargo, el dinero no siempre ha tenido la misma forma.
Desde el neolítico los hombres se dedicaron a la ganadería, a la agricultura y a la artesanía y empezaron a cambiar entre sí lo que producían por aquello que necesitaban. Es lo que se conoce como trueque, un sistema primitivo de comercio que permitió el desarrollo de asentamientos por todo el mundo. En la medida que los trabajos se fueron especializando y surgieron las profesiones, los poblados crecieron hasta convertirse en ciudades. Como el trueque de mercancías era ya poco práctico, empezaron a utilizarse como medio de pago objetos considerados valiosos como conchas marinas, piedras preciosas o metales.
El concepto de moneda como tal surgió alrededor del siglo VII a.C. en el Reino de Lidia, actual Turquía, donde los reyes mandaban estampar su sello en pequeñas piezas de oro y plata para asegurar el peso y la calidad de las mismas. Más adelante, Roma perfeccionó este método y desarrolló todo un sofisticado sistema monetario compuesto de monedas de oro, plata, bronce y cobre que eran acuñadas por el Estado y que tenían plena validez en todos los territorios conquistados por el Imperio.
El papel moneda, más conocido como billete, apareció por primera vez en China en el siglo VII d.C. durante la dinastía Tang y supondría un hito en el comercio tal y como se conocía hasta entonces. Estos papeles facilitaban sumamente los intercambios ya que hacían innecesario cargar con pesadas bolsas llenas monedas. En Europa, los billetes tardaron en gozar de aceptación legal y no empezaron a circular hasta el siglo XVII. Dos siglos más tarde, a principios del XIX, los billetes se convirtieron finalmente en la principal forma de pago de las economías industriales.
En un principio los billetes no eran sino meros certificados de oro o plata. El portador podía acudir simplemente al banco con sus billetes y pedir que le entregasen el equivalente en monedas de metal precioso. Y así fueron las cosas hasta que en 1971 Richard Nixon, el presidente de los Estados Unidos de América, decidió derogar el patrón oro del dólar, la divisa más importante del mundo y a la que todas las demás estaban ligadas después de la Segunda Guerra Mundial. A partir de entonces las divisas dejaron de tener un valor real y pasaron a tener un valor fiduciario, es decir, basado literalmente en la fe que las personas tienen en la institución que lo emite.
El siguiente paso en la evolución del dinero fue dado de la mano del progreso tecnológico. La informática, y particularmente internet, hizo posible la realización de transacciones internacionales de divisas en cuestión de microsegundos. Había surgido el dinero electrónico.
Si bien los billetes y monedas conviven en la actualidad con tarjetas de crédito y otros sistemas de pago digitales, empiezan a oírse voces que anuncian el final del dinero en efectivo en favor de un sistema puramente electrónico. En otras palabras, el dinero no será más que una serie de dígitos guardados en los servidores de los bancos. Todos los pagos, ya sean de centavos o de millones de dólares, pasarían a realizarse de una manera completamente digital, a través de transferencias, tarjetas o incluso mediante el uso de dispositivos móviles.
Lo cierto es que la implantación de este sistema puede ayudar a combatir en buena medida el dinero negro y la economía sumergida, aunque con todo se siguen suscitando otras muchas cuestiones que conectan directamente con los derechos más básicos y fundamentales. En primer lugar está el derecho a la intimidad ya que todo pago electrónico deja un trazo susceptible de ser rastreado. Esto permitiría a priori que las entidades bancarias contasen con datos sobre la vida íntima de las personas tales como por ejemplo qué han comprado, dónde, cuándo y cuánto se han gastado. Por otro lado está el tema de la seguridad, no ya tanto por el peligro de ataques de ciberdelincuentes, sino principalmente por los posibles fallos informáticos que pueda haber.
Sea como fuere, este dinero electrónico va cobrando cada vez más fuerza y ya hay estados como Dinamarca y otros países escandinavos que han anunciado que dejarán de emitir próximamente moneda física. Existen además otras alternativas como el Bitcoin, una criptodivisa que permite hacer transacciones a través de la red de forma directa sin la necesidad de intermediarios y que es aceptada para realizar pagos en ciertos establecimientos.
Lo que parece claro es que si el futuro del dinero sigue su camino inexorable hacia lo abstracto, las materias primas, y en concreto el oro y la plata físicos, verán fortalecido aún más su rol como reserva de valor real en las economías modernas. A fin de cuentas, las materias primas son bienes tangibles con aplicaciones prácticas en la vida real, mientras que el dinero electrónico no es más que dígitos reflejados en la pantalla de un ordenador o tal vez ni eso.
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